Todos queremos ser felices pero basta encender la TV, pensar en los hijos, en los padres o en el trabajo y descubrir que el sufrimiento está por todos lados.

Sin embargo, esperamos. Esperamos que la enfermedad mejore, esperamos que la búsqueda de trabajo tenga éxito, esperamos…

Ante la incomprensión del mundo hacia nuestro dolor muchas veces intentamos contenerlo, no pensar en ello, no darle más vueltas… ¿Realmente conseguimos acallar el ‘por qué’ del sufrimiento? ¿Cuál es el resultado de nuestro esfuerzo? A veces explotamos con rabia contra nosotros mismos o en el fondo no conseguimos nada y seguimos con una tristeza de fondo. Y esperamos. Como si la realidad nos prometiese un bien, como si la sonrisa que nos ha dedicado un niño en la cola del supermercado nos rescatara de nuestra espiral, pero la sonrisa es fugaz y en el horizonte vuelve a aproximarse el desánimo. Y nosotros seguimos esperamos que vuelva a suceder, que se nos vuelva a rescatar. Queremos más, algo hecho de esa sonrisa pero que no sea fugaz, que sea para siempre. Ninguno de nosotros puede abarcar el deseo infinito que lleva dentro. Estamos bien hechos, no podemos buscar algo que no podemos encontrar. La espera que habita en nosotros ya es garantía de una positividad.

Luigi Giussani escribió: «Cuanto más descubrimos nuestras exigencias, más cuenta nos damos de que no las podemos satisfacer nosotros mismos, ni tampoco pueden los demás, hombres igual que nosotros. El sentido de impotencia acompaña a toda experiencia seria de humanidad. Y es este sentido de impotencia lo que engendra la soledad. […] Estamos solos con nuestras necesidades, con nuestra necesidad de ser y de vivir intensamente. Y la solución no vendrá ciertamente del hombre; porque lo que se trata de resolver son precisamente las necesidades del hombre».

Te invitamos a la exposición ‘¿Hay alguien que escuche mi grito?’ y a acompañarnos en un camino humano que solo puede partir de las preguntas del corazón de todo hombre y mujer.