“Educación: el gesto de un hombre libre” de EncuentroCastellón ha sido un diálogo entre Ferrán Riera (director de dos colegios en Vic) y César Casimiro (director pedagógico de Magisterio en la Universidad Cardenal Herrera CEU), compañeros de profesión y amigos, en el que se ha puesto de manifiesto que educar para que el alumno sea libre no es una consecuencia sino el origen de la tarea educativa.

El punto de partida ha sido la pregunta “¿para qué tiene que servir la educación? ¿A quién educamos?”. Riera ha introducido la conversación explicando que el alumno no es un individuo aislado y por tanto “la educación debe llevar al alumno al encuentro con la realidad”.

Casimiro, por su parte, ha expuesto la hipótesis de un mal uso de las herramientas en la medida que no sirvan para el fin del encuentro del alumno con las cosas. “Por ejemplo, la tecnología no está para que el alumno sepa usar la tecnología en sí misma, sino que el uso de la tecnología será bueno si formamos en el uso de la tecnología como medio”. En este sentido Ferrán confirmaba que “hay que enseñar a hacer porque haciendo se aprenden más las cosas. Las herramientas tienen que utilizarse para aprender a hacer”.

En esta tarea se pone de manifiesto la necesidad de educadores con pasión por lo que hacen. Ferrán ha apuntado que “el educador solo puede educar amando; amando lo que se hace y al alumno” y Casimiro ha explicado “el amor no es emotividad; el amor implica un compromiso con el otro y con la realidad”.

En esta mirada al alumno es en la que se encuentra la verdad de que las notas no definen al alumno y por eso el profesor, el educador, debe mirar a la persona en su totalidad. En palabras de Ferrán “la educación o es personalista o no lo es”. A raíz del concepto del personalismo de la educación César Casimiro ha reivindicado el reconocimiento de la diferencia de los alumnos. “El igualitarismo no tiene en cuenta la diferencia pero es precisamente que todos somos únicos, que todos somos distintos, lo que nos iguala”.

Este encuentro nos ha acercado a una apuesta por una educación más humana, que tiene en cuenta a cada alumno por lo que es, con sus capacidades, virtudes y límites, y que necesita la implicación del educador como un compromiso amoroso hacia sus alumnos y la relación de ellos con la realidad.